miércoles, 20 de enero de 2010

BIOGRAFÍA


La parábola de la Montaña

Había una vez una Montaña firme y majestuosa... Era una Montaña solitaria y callada... La Montaña estaba en la sombra y el silencio... En su interior había mucha vida, pero una vida escondida que no emergía, que no se hacía visible... En su interior había música y poesía que nadie podía escucharlas porque no salía a la superficie... Entonces la Montaña pensó: tengo que salir de esta oscuridad y pidió a Dios que le enviara su Luz, una Luz de Ángeles, para que todos puedan ver a la Montaña... Y llegó una Luz que dejó a la Montaña expuesta a su esplendor... Y llegó una Luz, con ella salió la vida que estaba escondida y la Montaña se encontró poblada de árboles y arbustos, de pájaros y mariposas... Una eclosión de vida múltiple y variada... Y llegó una Luz cantarina y alegre que sacó la música y la poesía que habitaba en la Montaña... Y el río que corría al pie de la Montaña se transformó en teclado y desde entonces nunca faltó vida y alegría... La Montaña siguió firme y majestuosa, y la Luz brillante, cantarina, esplendorosa, y los
árboles quedaron plantados en la Montaña, tomando el alimento de su tierra mientras la Luz pinta sus hojas y madura sus frutos...

Nelly Arrobo Rodas

SEMBLANZA BIOGRÁFICA DE CARLOS ARROBO CARRION


Es propio del hombre impregnar su ambiente con su propia huella: al paso que transforma, humaniza su entorno. La historia se va forjando a través de lo que los hombres piensan y hacen; los cambios históricos se nutren de sus opciones, de sus elecciones vitales.

Mucho se ha dicho de Loja. Uno oye lojano y lo asocia con el buen uso de la lengua, con el arte, con las letras, sobre todo la música –en cada cuadra hay dos o tres músicos. Ha habido lojanos que han impulsado verdaderos cambios en su entorno inmediato y mediato. Un recuento no puede prescindir de los nombres de Manuel Carrión Pinzano, Isidro Ayora, Clodoveo Carrión, Pablo Palacio, Benjamín Carrión, Ángel Felicísimo Rojas, Salvador Bustamante, Francisco Rodas Bustamante, Segundo Cueva Celi... Solo destellos espontáneos de la memoria. Toda enumeración de esta índole adolecerá siempre de omisión.

¿Por qué biografiar un personaje? Hay momentos en la vida de los hombres en que éstos se distancian, se diferencian del resto, aún cuando compartan con muchos de ellos rasgos relacionados con la virtud, la sapiencia o el valor. Entonces cobran valor las biografías de aquellos que han sido capaces de predicar y encarnar los valores que los seres humanos reconocemos como indispensables para la sobrevivencia y el desarrollo de la especie. Esos son los hombres indispensables en la vida de los pueblos. Carlos Arrobo Carrión pertenece a esa dinastía.

La forma en que Carlos Arrobo Carrión construyó su vida, estuvo signada por opciones vitales que le convirtieron en un ser humano dueño de su propio destino. Esa puede ser acaso su principal enseñanza. De hecho, las personas que se encontraron con él no pudieron dejar de percibir su grandeza de ser humano; muchos fueron inspirados por él para cambiar sus vidas.

En Sozoranga, pueblo lojano de la frontera, un dos de marzo de mil novecientos diez, nació Carlos Rafael, sexto de diez de los hermanos del hogar formado por el Educador Juan Rafael Arrobo Cevallos y Micaela Carrión Sotomayor.

Su infancia y adolescencia transcurrieron primero en Sozoranga y luego en Macará. La prole fue creciendo en la vecindad de los bosques e invernas y de la vegetación propia del clima caliente de Macará. Había que combinar la vida en vecindad con el trabajo en el pequeño fundo familiar en donde las invernas alternaban con cultivos y árboles frutales. Pese a las condiciones limitantes del medio, en la casa no escaseaba el pan porque sobraba amor, y tampoco faltaban las frutas tropicales, la cecina y el buen chivito.

El entorno geográfico y social -en ese tiempo mucho más que ahora- era el propio de las zonas
empobrecidas y marginadas del poder central, poco propicio para el desarrollo de las potencialidades humanas de sus habitantes. De hecho, esos pueblos carecían de escuelas públicas y la gente hacía lo que podía para instruirse. A Carlos Rafael se le presenta entonces la oportunidad en la forma de un padre que supo erguirse por sobre las condiciones adversas del medio y se dedicó por pura vocación de servicio a enseñar las letras, los números y los conceptos básicos de las ciencias a generaciones de macareños. Juan Rafael Arrobo cambió así la vida de muchos, debiendo prodigarse entre su trabajo para sostener a la familia y la docencia, ejercida en su casa fuera de las horas de trabajo.

Carlos Rafael, creció como todos los niños de su época y sin embargo fue un niño diferente. Dueño de una voluntad de hierro y de un hondo sentido de responsabilidad en sus actos, se dejó guiar por lo que sería siempre su enseña de vida. La escribió en su juventud con estas palabras:

Yo
Quisiera
Llegar
Mas
allá

Cuando en las largas tertulias familiares nos contaba su vida pudimos encontrar algunos de los ingredientes que seguramente marcaron este afán de no llegar nunca, de trascender.

Fue un niño traído al mundo por amor, y en su hogar aprendió a ser amado por sus padres y hermanos, amor -fuerza vital- que le acompañó durante toda su vida como bendición y conciencia de ser amado. Micaela, su madre lo amó tal vez con predilección, con un amor que, no exento de firmeza y aún severidad, fue creando en él la percepción de ser diferente y único. Según nos contaba, su padre lo amó tiernamente –Carlos Rafael recordaba las noches en que su padre permanecía conversando con él, acariciándole el cabello para hacerle dormir. A más del conocimiento y el saber le inculcó la disciplina para trabajar y el cumplimiento de la responsabilidad a toda costa, pero, quizás más importante, le inculcó o cultivó en él esa suerte de inconformidad creativa, ese impulso de querer ser más a cada momento, de ir más allá.

Con la guía paterna, sin haber tenido oportunidad de ir a la escuela formal, Carlos había acumulado conocimientos y habilidades comparables con los que la escuela de la época entregaba, pero en Macará no podía ir más allá con su aprendizaje. Así que, apoyado por su padre, viaja a Loja con la intención de ingresar en el Colegio Bernardo Valdivieso. Ante la falta de certificados formales de estudios de primaria, logra que le tomen pruebas de suficiencia. Tras el examen fue declarado apto para ingresar al Colegio, en donde hizo una magnífica carrera estudiantil, destacándose siempre por sus valores, su inteligencia y su aplicación al estudio. Se graduó de Bachiller, con las más altas calificaciones, el 28 de Julio de 1933. Posteriormente ejerció el profesorado en los Colegios Bernardo Valdivieso y La Dolorosa.

Terminado el bachillerato, tiene que tomar una nueva decisión: por sus méritos estudiantiles recibe una beca para ir a estudiar Veterinaria en Chile. Le seduce la oportunidad por su inclinación por la naturaleza, los animales, las plantas. Pero el padre presiente que la misión de Carlos Arrobo Carrión está en el ámbito del derecho, y con sentencias y proverbios como: “Hasta los palos del campo tienen su destinación: unos sirven para hacer santos y otros para hacer carbón”, le estimula a optar por esta carrera en la Junta Universitaria de Loja. Carlos, dócil a su llamado interior, se inscribe como estudiante de derecho y se dedica a ello con todo fervor. Culminó sus estudios con el Título de Doctor en Jurisprudencia en 1944 y fue galardonado con la Medalla de Oro Universidad de Loja, premio discernido por primera vez.

Desde 1944 se inició un fecundo y límpido ejercicio profesional de más de cincuenta años, consagrados a la defensa de la verdad y la justicia.

Ejerció su profesión de Abogado no solamente en la Provincia de Loja, sino también en Zamora Chinchipe, El Oro y Azuay, en los campos civil, laboral y penal, haciendo de ella un servicio especialmente a los pobres. Su límpida trayectoria profesional lo ha colocado como punto de referencia dentro del foro lojano, porque muchas de sus propuestas jurídicas sirvieron para sentar jurisprudencia en las resoluciones de los más altos tribunales de justicia del País. Por varias décadas desempeñó con acierto y pulcritud las funciones de Conjuez Permanente de la H. Corte Superior de Justicia de Loja.

Dentro de su actuación profesional, desempeñó la asesoría jurídica de varias entidades, entre las que debe mencionarse la del Sindicato de Obras Públicas Municipales de Loja a cuyos trabajadores patrocinó con ardor en la defensa de sus derechos laborales.

Su valía profesional se extendió también al ejercicio de la docencia universitaria en la Facultad de Jurisprudencia, ejerciendo las cátedras de Deontología Jurídica y Derecho Procesal Penal. Además de la excelente aportación a la Legislación Ecuatoriana a través de la Ponencia propuesta al Congreso Nacional de Profesores de Jurisprudencia del País, que contribuyó a la elaboración del Código de Procedimiento Penal. En esta perspectiva se inscribe también una de sus iniciativas: el proyecto de “Ley de Conscripción Agraria" formulado en los años 70. El objetivo era recuperar extensas zonas amenazadas de convertirse en desiertos, mediante el concurso de jóvenes que, como alternativa al Servicio Militar, pudieran reforestar las tierras de la serranía.

Carlos Arrobo Carrión predicó con su ejemplo que la vida es sencilla: hay que elegir siempre el bien, garantía de la paz honda del que está en paz consigo mismo. Elegir el bien, pero también optar por la vida: necesitaba el terreno de la propiedad que adquirió cerca de Loja para sembrar, criar plantas y animales, para hacer crecer la vida. De hecho su numerosa prole, pregona su opción por la vida. Elegir el bien, optar por la vida, pero también, elegir la grandeza: es mejor morir de pie que vivir de rodillas, la dignidad no es negociable. Estos valores inspiraron su hacer como jurista.

Nunca utilizó su profesión como un medio de hacer dinero sino como la oportunidad de ser más, de servir a valores superiores. Y también como algo divertido. Gozaba con su trabajo. En la mesa gustaba de repetir las máximas centrales del derecho romano: neminem ledere, honesti vivere, ius suum quique tribuere: no hacer daño a nadie, vivir honestamente, dar a cada cual lo suyo.

Una forma difundida de practicar el derecho hace de los abogados unos mecánicos de las leyes. Si la ley describe un determinado comportamiento al que dota de una consecuencia jurídica, el trabajo del abogado no consistiría sino en buscar –y hasta forzar, a veces por medios vedados- la correspondencia de la norma con la realidad. Detrás de estas prácticas subyace un enfoque positivista del derecho: las leyes se justifican porque han sido expedidas por el órgano del Estado que tiene la potestad para hacerlo y ese es su criterio de validez. Solo cabe discutir si la norma fue o no constitucional y legalmente expedida. Este enfoque no se cuestiona la justicia de la norma misma, no compara lo que ésta manda con los principios o valores superiores que están ofreciendo sustento al sistema legal.

Para Carlos Arrobo Carrión había que buscar detrás de la norma el principio de justicia que la sustenta: siempre sostenía que entre la legalidad y la justicia debía primar la justicia. Pero al tiempo de sostener este enfoque finalista del derecho, daba enorme valor al rigor del razonamiento jurídico. Con diáfana sencillez solía explicar a los suyos y en la cátedra que todo el problema de la práctica abogadil residía en tener claridad sobre los hechos, sobre el derecho y sobre sus interrelaciones. ¿Es así como son las cosas? ¿Fue así como ocurrieron los hechos? ¿Es esta la norma aplicable? ¿La norma está vigente? ¿Los hechos se ajustan y de qué manera a la norma? En esto era extremadamente cuidadoso y exigente con sus clientes, a veces hasta la impaciencia y dedicaba todo su esfuerzo a obtener sobre los hechos la más diáfana claridad.

En el problema del derecho las cuestiones son la norma aplicable, su vigencia, su jerarquía, su interrelación con otras normas del sistema jurídico. Gracias a su prodigiosa memoria era capaz de almacenar en la mente cantidades abrumadoras de normas. De esa manera, al razonar sobre el caso era capaz de manejar no solo las normas directamente aplicables al caso sino las que se le relacionaban, aunque estuvieran en otras partes del cuerpo legal pertinente o aún en otros cuerpos legales. Esta aptitud era fruto de una memoria privilegiada pero también del esfuerzo. El estudio constante de la legislación, de la doctrina y de la jurisprudencia fueron fortaleciendo sus aptitudes intelectuales al punto de que era capaz de citar de memoria los números y el texto de las normas y las partes pertinentes de la doctrina y de la jurisprudencia.

Encontrar las correspondencias entre los hechos y el derecho era su especialidad. Tenía para ello un don natural. Como todo don natural, se manifestaba más en el terreno de la intuición que en el del laborioso razonamiento. Pero el manejo de la intuición era para él algo cultivado. Cuando encontraba dificultad para atrapar un razonamiento o para imaginar una solución, solía dejar toda actividad y recostarse en una hamaca que siempre estaba lista en la casa. Permanecía allí en actitud pasiva, y aún se dormía. Cuando se levantaba volaba a su máquina de escribir: había recibido la inspiración necesaria.

Era en este aspecto del razonamiento jurídico en donde Carlos Arrobo Carrión aplicaba su visión integral del derecho. En sus conversaciones con sus hijos abogados solía sostener que la ley no existe como tal por el solo hecho de haber sido promulgada y constar en un texto jurídico, sino que se volvía vida en el momento en que abogados y jueces hacían cada cual lo suyo para aplicarla. Solía ilustrar esto con ejemplos que mostraban que la aplicación constante de una norma en un sentido determinado podía ir más allá del mero texto literal. El dominio que tenía de la ley y la doctrina le permitía visualizar la influencia del conjunto del sistema jurídico sobre la normativa aplicable a los casos concretos.

Su argumentación buscaba plantear un diálogo con el Juez, tal como puede verse en sus escritos y sobre todo en sus alegatos. Entonces lo que en la argumentación del contendor podía lucir a primera vista como un perfecto silogismo jurídico, perdía fuerza cuando Arrobo Carrión demostraba o que los hechos no eran como se presentaban, o que tal como estaban presentados no correspondían a la descripción del caso genérico contemplada en la norma invocada, o que la norma no podía aplicarse de la manera solicitada porque lo impedía otra norma de mayor jerarquía o porque era contraria a los principios de derecho que inspiran el sistema jurídico. Con más frecuencia que la que hubiera sido aceptable, los fallos de última instancia de la Corte Suprema, favorecían las tesis que Arrobo Carrión había sostenido sin éxito ante los juzgadores inferiores.

Por este mismo estilo de ejercitar el razonamiento jurídico, era capaz de argumentar vigorosamente en contra de determinado precedentes jurisprudenciales. De hecho, muchos de sus alegatos han sido publicados en la Gaceta Judicial para ilustrar el fundamento de determinadas tesis jurídicas en casos de fallos contradictorios.

Carlos Arrobo Carrión bebió en el manantial hogareño los más grandes valores: la honradez, la responsabilidad, la sinceridad, el amor a la vida, a la justicia, a la verdad, al bien, al trabajo... La puntualidad era una de las normas de su vida. La amistad, la búsqueda del bien común, el amor y respeto por la naturaleza y por la vida son valores que desarrolló y vivió sin claudicaciones.

Desarrolló con sus padres un vínculo único de amor filial que perduró aun después de los días de ellos. Cuando su madre cayó gravemente enferma, Carlos dejó todo en Loja y se trasladó a Macará en donde la acompañó con excepcional solicitud hasta su último día. Con sus hermanos mostró siempre un amor tierno y dedicado y una ilimitada generosidad fraternal.

Tuvo la fortuna de encontrar, ciertamente en medio del fragor del trabajo, a la mujer de sus sueños, a su Luz Angélica, a su "negrita". Desde la primera mirada no dudó de su eterno amor por ella. La eligió, la enamoró y tan pronto como pudo la convirtió en el centro de su vida, en su idolatrada esposa.

El dos de abril de mil novecientos cuarenta y cinco, se desposó con Luz Angélica Rodas Jaramillo y desde entonces Luz Angélica fue para él su compañera fiel, su amiga inseparable, su confidente y consejera.

Fruto de un amor excepcional, que desafió el tiempo y las circunstancias de la vida, nacieron Carlos Daniel, Nelly, Nidia, Rodrigo, Galo, Ramiro, Gloria, Gladys, Angélica, Soraya y Miguel Iván, los once hijos de la pareja Arrobo Rodas.

Con el nacimiento de cada nuevo hijo crecía el amor paternal de Carlos. Luz Angélica recuerda con ternura las palabras de Carlos cuando nació Miguel Iván, "Negrita: recibo a este chiquito con el mismo amor e ilusión con el que recibí a Carlos Daniel, nuestro primer hijo".

Carlos Arrobo Carrión pudo sacar adelante una familia tan numerosa con el sólo ejercicio profesional., sin que el hogar tuviera la menor sensación de carencia o necesidad. Pero más que eso, conocía a cada uno de sus hijos en profundidad; para cada uno tenía sus bromas y sus dichos, y una forma especial de corregir y alentar. Testigos vivos son los inspirados e inspiradores versos que para cada uno escribió con ocasión de la primera comunión; versos capaces de responder al ser de cada uno y hasta de predecir elecciones vitales. Lo son también las paredes de su dormitorio en donde lo primero que hacía por las mañanas y lo último por las noches era bendecir a cada uno de sus hijos, nombrándolos y dirigiendo su mano al lugar debido.

Gozaba fomentando la fraternidad entre sus hijos y promover la unión en intensas actividades colectivas, sobre todo durante las vacaciones. Amigo de las anécdotas, pobló la vida de la prole con las enseñanzas arcanas que han inspirado las vidas de los grandes. Versos y canciones fueron sembrados en la memoria de la progenie desde la más tierna infancia. Educó en y para la libertad. Jamás se interpuso en las elecciones y opciones de vida de sus hijos.

La etapa de abuelo, igual que la de padre fue rica en amor y entrega. Repitió con cada uno de sus nietos esa capacidad de personalizar a cada uno, de hacerlo sentir único y diferente y a la vez perteneciente de la gran comunidad familiar. Los nietos también aprendieron de él la anécdota, el verso, la canción.

Cultivó la poesía, especialmente en su juventud, explorando las nuevas tendencias de las primeras décadas del siglo. Sorprende en sus versos la fuerza lírica de un espíritu siempre sediento de más. En la música encontró el venero de sus más hondas búsquedas espirituales. No se dedicó a la composición pero el alma popular le debe la letra de “Ya no te quiero pero no te olvido”, con música de Manuel de J. Lozano, y Macará, la letra y música de su himno.

Tocaba el piano con un estilo absolutamente singular que aprovechaba el carácter sinfónico de ese precioso instrumento con interpretaciones llenas de fuerza y vigor armónico en donde los poderosos acordes de una virtuosa y profunda mano izquierda, dialogaban con el canto cristalino de la melodía brotado de una prolijamente sensible mano derecha. Su modo de interpretar los pasillos era ciertamente único y su fuerza, capaz de cautivar por completo las sensibilidades. El último de sus hijos evoca su interpretación musical con estas palabras: “...su piano iba emergiendo de místicos ensueños, surcando entre las cosas, habitando espacios invisibles, momentos eternos de instantes mágicos que siguen llenando de vida los rincones de la casa solariega, que me abrigan el alma y me abrazan en cada retorno al hogar.”

Amó con pasión la naturaleza, y expresó su interés por la conservación del entorno, en su relación amorosa con la tierra para alcanzar de ella sus frutos, sin estropearla, sin maltratarla, sin forzarla; en su voluntad de mantener el equilibrio natural con la siembra de árboles que ayuden a combatir la desertización, la erosión, la falta de agua; en su interés por restituir a la Tierra aquello que le quitamos diariamente para cubrir nuestras necesidades; en el esfuerzo por mantener incólume en su esencia, esa pequeña pero maravillosa reserva natural de Zamora Huayco, el Campus Armenia, donde ahora, por su espíritu, junto a los frutos del campo, florece además la educación, la cultura, la ciencia y el arte. En ese paradisíaco entorno natural se erige una obra que prohijó con inmenso amor: el Liceo de Loja, adscrito a la Fundación Educacional “Juan Rafael Arrobo Cevallos”

Sin embargo, Carlos Arrobo Carrión constituyó una figura sobresaliente de nuestro convivir social, puesto que no solamente dedicó lo mejor de su vida al ejercicio profesional en búsqueda de la verdad y de la justicia, o a cultivar con exquisitez el arte de la música y la poesía, sino la desinteresada y denodada lucha que ha librado por las reivindicaciones de Loja, ciudad y provincia y de sus instituciones.

Para promover el desarrollo de la parroquia de San Sebastián y defender los intereses de los consumidores y proveedores, constituyó el Comité Pro Feria Semanal de Loja, el mismo que fue el embrión para la creación posterior del Comité Cívico de San Sebastián, el 10 de Enero de 1968, con el objetivo de luchar por los intereses de la parroquia de San Sebastián.

Su patriotismo y altruismo y su convicción por la vida, le permitió hacer de aquello que no era más que un pequeño Comité barrial, un referente de la historia lojana de final de siglo.

El trabajo denodado, con la colaboración de los miembros del Comité, dio sus frutos de inmediato, con la creación de la Feria Semanal de Loja, establecida el 3 de Mayo de 1968 en el Mercado Sur de San Sebastián, previa ordenanza municipal dictada para el efecto por el Concejo Municipal de Loja, siendo Alcalde del Cantón Don Vicente Jaramillo Palacios.

Su amor y pasión por las causas de Loja y su provincia y su lucha inclaudicable por los más pobres, impulsaron muchas acciones de su vida. Y no pasaría mucho tiempo, hasta cuando el Comité, lideró y organizó la Marcha del Civismo hacia el Capitolio Nacional, cuando una devastadora sequía asolaba los campos de nuestra provincia, provocando la destrucción del agro lojano. La Marcha del Civismo, puso en pie de lucha a la provincia de Loja, con el objetivo de conseguir la atención de las funciones del Estado, para enfrentar el flagelo. Fue así como los personeros del Comité, con el Alcalde y Prefecto de Loja y los delegados de los Municipios de Loja y Zamora Chinchipe y contando con el respaldo patriótico de la Colonia Lojana en Quito, el 23 de Mayo de 1968, presentaron las demandas ante el Señor Presidente de la República, Dr. Otto Arosemena Gómez y ante el Congreso Nacional.

La vigorosa exposición de los problemas de Loja y de la necesidad de que sean urgentemente resueltos, llevó al Presidente de la República a integrar una comisión especial para que estudie los mecanismos jurídicos y financieros que permitieran atender dichas demandas. Carlos Arrobo Carrión, como integrante de la comisión designada por el propio presidente Arosemena, formuló la propuesta de solución y preparó los proyectos de decreto correspondientes para viabilizar su realización. En tan sólo un mes, se alcanzó la atención gubernamental para afrontar en forma emergente este flagelo natural. El Presidente Arosemena Gómez, asumió las facultades extraordinarias por cinco minutos, y firmó los Decretos Ley de Emergencia correspondientes para asignar a Loja treinta y dos millones de sucres, equivalente a cerca de veinte millones de dólares de ahora.

Esta Marcha del Civismo, impulsada y realizada bajo la conducción del Comité Cívico de San Sebastián, es uno de los hitos más brillantes de dignidad y altivez en la historia lojana caracterizada por indiferencias y postergaciones del poder central.

La historia de la creación y consolidación del Comité de San Sebastián, es la historia de la lucha cívica de Carlos Arrobo Carrión, con la colaboración y excepcional apoyo de quienes lo integraron. Aquí, como testigos de la historia, tres de las realizaciones mayores:

- Creación del Servicio Médico, inicialmente en el Dispensario Médico de San Sebastián que empieza su andadura en 1976 con el esfuerzo de los socios del Comité, con las donaciones de personas generosas, así como con la colaboración gratuita de distinguidos galenos, odontólogos y enfermeras. Más tarde, se consolida como Dispensario Médico Gratuito “Guadalupe Burneo de Eguiguren”, por la valiosa aportación del Benefactor Doctor Vicente Eguiguren Ordóñez.

- En octubre de 1978: aprobación de los Estatutos del Comité Cívico de San Sebastián, que le permitieron tener personería jurídica para profundizar sus realizaciones.

- Entre 1981 y 1983 construcción de la sede social del Comité, edificación de dos pisos, en la que ahora funciona el Dispensario Médico Gratuito “Guadalupe Burneo de Eguiguren”, ampliando sus servicios con la atención a enfermos diabéticos.

Carlos Arrobo Carrión, por su trayectoria de servicio cívico, recibió entre otras las siguientes distinciones:

- Condecoración al Mérito Musical, conferido por la Dirección Provincial de Cruz Roja de la Juventud de Loja en 1978.
- Acuerdo del M. I. Concejo Municipal de Macará en 1978.
- Condecoración al Mérito Cívico, consistente en un botón de oro, conferida por el Comité Cívico de San Sebastián en 1982.
- Condecoración al Mérito Provincial, consistente en Medalla de Oro, conferida por el H. Consejo Provincial de Loja en 1982.
- Acuerdo como “Distinción al Mérito Cívico” otorgado por el H. Consejo Provincial de Loja en Diciembre de 1982.
- Condecoración al Mérito Laboral, concedida por el Ministerio del Trabajo y Recursos Humanos en 1983.
- Acuerdo de la Unión Nacional de Periodistas, Núcleo de Loja en 1983.
- Acuerdo (pergamino) y homenajes del H. Corte de Justicia, Colegio de Abogados y otras entidades, en la celebración de sus Bodas de Plata y de Oro Profesionales.1969 y 1994

En el apacible hogar, desde donde continuó ejerciendo su profesión, los últimos años de vida de Carlos Arrobo Carrión, transcurren en medio de una crisis integral del país, agravada por los actos de corrupción, por la incapacidad de nuestros gobernantes para defender los intereses del país ante las imposiciones externas, y por subordinar intereses de la Patria, a intereses de poder, que empeora las condiciones de vida de los sectores más empobrecidos. Su desaparición física se da en medio de su desaliento al ver el derrumbe del país que camina a la bancarrota. Cierra sus ojos el 22 de enero de 1999.


Sólo Carlos Rafael Arrobo Carrión, ahora tierno habitante del silencio, puede hacernos crecer hasta en el alma, como fresco sabor de manantial; el calor de su recuerdo.



Loja, julio de 2002


Hermanos Arrobo Rodas.

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